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Spangler Arlington Brugh llegó a Hollywood con un violonchelo bajo el brazo y terminó convertido en la cara más rentable de la Metro-Goldwyn-Mayer. Corría el año 1934 cuando firmó un compromiso de siete años por apenas 35 dólares a la semana. En ese momento nadie imaginaba que aquel chico de Nebraska pasaría más de dos décadas vinculado al mismo estudio.
Fue una relación de fidelidad absoluta.
Su primera oportunidad real llegó en 1935 con Sublime obsesión. El público femenino enloqueció con sus rasgos simétricos y la prensa lo bautizó como el hombre del perfil perfecto. Pero esa etiqueta fue su mayor condena durante años porque Taylor quería ser algo más que un adorno en la pantalla.
En 1936 rodó Margarita Gautier junto a una de las divas más exigentes de la industria. Trabajar con Garbo era un examen constante para cualquier actor joven. Taylor aguantó el tipo y demostró que podía sostener la mirada a la estrella más brillante del firmamento cinematográfico sin quedar eclipsado.
Y así fue como su caché subió como la espuma.
Durante la Segunda Guerra Mundial sirvió como instructor de vuelo en la Marina. En 1943 dejó los focos para entrenar a pilotos y dirigir documentales de instrucción militar. Aquella experiencia endureció su imagen pública y le permitió alejarse del rol de galán romántico que tanto le asfixiaba en sus inicios.
El año 1947 fue un punto oscuro en su biografía personal. Taylor compareció ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses como testigo cooperador. Señaló nombres y defendió la necesidad de limpiar la industria de influencias comunistas. Fue un movimiento que le ganó enemigos eternos en los sindicatos de guionistas pero que blindó su posición dentro de los grandes despachos conservadores.
Mantuvo su contrato con la Metro hasta 1958, un récord de permanencia que muy pocos actores han igualado en la historia del cine.
En la década de los cincuenta se refugió en las grandes producciones históricas. En 1951 protagonizó Quo Vadis y un año después Ivanhoe. Eran películas de presupuesto masivo que necesitaban un rostro confiable para llenar las salas de todo el mundo. Taylor cumplía siempre. No era el intérprete más expresivo del método pero su presencia física era imbatible en el technicolor.
Cuando el sistema de estudios colapsó Taylor no se quedó de brazos cruzados. En 1959 dio el salto a la televisión con la serie The Detectives. Fue una decisión pragmática. Entendió antes que otros compañeros de generación que el cine de autor no tenía hueco para las viejas glorias del sistema clásico.
Siguió trabajando con una disciplina de hierro.
Su última aparición en el cine fue en 1968 con la película Where Angels Go, Trouble Follows. Poco después los médicos le diagnosticaron un cáncer de pulmón derivado de su tabaquismo crónico. Robert Taylor murió el 8 de junio de 1969 en el hospital St. John de Santa Mónica a los 57 años de edad.
Cosas que posiblemente no sabías de Robert Taylor




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