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Romy Schneider no era una princesa. Era una mujer atrapada en un vestido de crinolina que le cortaba la respiración frente a los focos. En 1955 el mundo la conoció como Sissi y esa etiqueta estuvo a punto de asfixiar su carrera antes de que pudiera elegir su propio camino.
La actriz nació en Viena en 1938 dentro de una familia de intérpretes que ya sabían cómo funcionaba el negocio. Su madre, Magda Schneider, controlaba cada uno de sus pasos y sus contratos. Porque en aquella época Romy era un producto nacional que generaba millones de marcos alemanes vendiendo una imagen de inocencia absoluta.
La industria alemana nunca se lo perdonó.
Pero ella quería otra cosa. Se largó a París en 1958 para rodar Christine y allí se cruzó con Alain Delon. Aquello no fue solo un romance de portadas de revista. Fue su billete de salida de una Alemania que la quería casta y rubia. En Francia descubrió que podía ser otra persona y sobre todo que podía ser otra actriz.
Luchó contra su propio rostro hasta que el cine europeo entendió que su mirada escondía una angustia que no tenían sus contemporáneas. En 1962 trabajó con Orson Welles en El proceso. Fue un paso fundamental. Welles decía que ella era la mejor actriz de su generación porque entendía el drama sin necesidad de sobreactuar.
Y entonces llegó Claude Sautet. El director francés se convirtió en su mejor aliado detrás de la cámara. Rodaron juntos cinco películas que cambiaron la forma de entender el cine intimista. Las cosas de la vida en 1970 mostró a una Romy que podía sostener el peso de una escena entera solo con el humo de un cigarrillo y un silencio prolongado.
No necesitaba diálogos para explicar el dolor.
Así que se instaló definitivamente en el cine de autor. En 1975 ganó el primer premio César de la historia por su papel en Lo importante es amar de Andrzej Zulawski. Aparecía con la cara lavada, ojerosa y rota. Fue una apuesta arriesgada que la alejó definitivamente de cualquier rastro de la emperatriz que la hizo famosa dos décadas atrás.
La vida personal de Romy siempre fue un campo de batalla que terminaba filtrándose en sus personajes. En 1981 rodó Fantasma de amor y su aspecto ya reflejaba un cansancio físico real. Ese mismo año su hijo David murió en un accidente doméstico terrible al intentar saltar una valla metálica. Romy no volvió a ser la misma.
Intentó refugiarse en el trabajo para no pensar. En 1982 estrenó Testimonio de mujer, su última película, donde interpretaba a una mujer que sobrevivía al horror nazi. Aceptó el papel como una forma de expiación por el pasado de su propia familia durante la guerra. Fue su mejor interpretación y la más dolorosa.
Murió en mayo de 1982 en su piso de París. La policía encontró una carta a medio escribir sobre su escritorio y una botella de vino vacía junto a unos fármacos. El informe forense determinó que su corazón simplemente se detuvo. Tenía 43 años. Su tumba en el cementerio de Boissy-sans-Avoir solo tiene grabado su nombre real, Rosemarie Albach, junto al de su hijo.
Cosas que posiblemente no sabías de Romy Schneider




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