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Sharon Stone llegó a Nueva York con poco más de sesenta dólares y una determinación que rozaba la insolencia. Era 1977. Venía de Meadville, Pensilvania, huyendo de un destino gris en una biblioteca o una oficina de correos para probar suerte en el modelaje.
En 1980 debutó en el cine de la mano de Woody Allen en Recuerdos. No decía ni una sola palabra. Su rostro a través de la ventanilla de un tren bastó para que la industria anotara su nombre en las listas de casting de actrices secundarias.
Durante una década encadenó papeles en cintas de acción y comedias que nadie recuerda. Pero todo cambió cuando Paul Verhoeven la eligió para Instinto básico en 1992. Otras diez actrices de primera línea habían rechazado el papel de Catherine Tramell por su carga sexual.
Y la apuesta funcionó.
Cobró 500.000 dólares frente a los 14 millones de Michael Douglas. Aquella diferencia salarial no le impidió adueñarse de la película y de la conversación pública durante años. El famoso cruce de piernas en la sala de interrogatorios se rodó sin que ella supiera exactamente qué se vería en pantalla.
En 1995 llegó su verdadera validación profesional con Casino. Martin Scorsese le entregó el personaje de Ginger McKenna y ella respondió con una interpretación eléctrica. Ganó el Globo de Oro y obtuvo su única nominación al Oscar.
Pero la industria no se lo puso fácil después.
En 2001 sufrió una hemorragia cerebral masiva que la apartó de los focos durante casi una década. Perdió la capacidad de leer, de caminar y de recordar sus diálogos. Aquella recuperación fue un proceso invisible para el público pero devastador para sus finanzas y su estatus en Hollywood.
Porque en este negocio la salud es un tabú que se paga con el olvido. Stone tuvo que aceptar papeles menores en televisión y películas de serie B para pagar las facturas. Así que su regreso fue lento y lleno de obstáculos burocráticos y personales.
La industria la olvidó rápido.
En 2018 trabajó con Steven Soderbergh en la serie Mosaic. Fue un experimento narrativo donde demostró que su presencia seguía siendo magnética sin necesidad de recurrir a los trucos de su juventud. En 2020 rodó Ratched para Netflix bajo las órdenes de Ryan Murphy.
Pintar cuadros pasó a ser su refugio principal a partir de 2023. Expuso su obra en la galería C. Parker de Greenwich, Connecticut, vendiendo lienzos por cifras que superaban los 30.000 dólares. Su faceta como pintora le devolvió la autonomía que los estudios le negaron.
En 2024 se confirmó su participación en la secuela de Nobody junto a Bob Odenkirk. El rodaje se programó para el verano de ese mismo año en Winnipeg con un presupuesto de producción de 30 millones de dólares.
Cosas que posiblemente no sabías de Sharon Stone




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