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Shelley Winters llegó a la audición de Un lugar en el sol sin una gota de maquillaje y con un vestido que le quedaba grande. Quería que George Stevens viera a la chica de fábrica, no a la rubia explosiva que Universal intentaba vender por 800 dólares a la semana. Se sentó en una gasolinera frente al estudio para observar cómo se movían las mujeres reales antes de entrar al despacho.
Y lo consiguió.
A finales de los años cuarenta el estudio la obligaba a llevar corsé y a teñirse el pelo de un platino casi blanco. Pero Winters tenía otros planes que no incluían ser la sombra de Marilyn Monroe, con quien por cierto compartió apartamento en sus inicios. Sabía que la belleza en Hollywood caducaba rápido, así que decidió que su carrera se basaría en el feísmo y la desesperación si eso le daba mejores frases.
En 1951 su interpretación de Alice Tripp le valió una nominación al Oscar y el respeto de la crítica neoyorquina. Ya no era la corista de Brooklyn que buscaba un hueco en los musicales de serie B. Porque Winters entendió antes que nadie que envejecer en pantalla era una herramienta de trabajo y no una maldición estética.
Entonces todo cambió.
Se apuntó al Actors Studio y se convirtió en una de las alumnas más aplicadas de Lee Strasberg. Allí aprendió que para interpretar a una víctima no bastaba con llorar, sino que había que entender el frío que pasaba el personaje. Durante el rodaje de La noche del cazador en 1955 aguantó sesiones de buceo agotadoras para una de las escenas más perturbadoras de la década.
En 1959 ganó su primer Oscar por El diario de Ana Frank tras engordar más de diez kilos para el papel. Fue una decisión arriesgada en una época donde las actrices vivían obsesionadas con la báscula. Pero ella prefería la veracidad a la portada de una revista. Al terminar la producción donó su estatuilla al Museo de Ana Frank en Ámsterdam como gesto de respeto.
Y la apuesta funcionó.
Repitió la hazaña en 1965 con Un retazo de azul, donde interpretaba a una madre cruel y abusiva. Ganó su segundo Oscar como actriz de reparto y se instaló definitivamente en ese perfil de mujer ruidosa, vulgar y profundamente humana. Nunca le importó que el público la odiara si el guion era lo suficientemente sólido.
Pero su actividad no se limitaba a los platós de Los Ángeles. Winters fue una activista política feroz que participó en las marchas por los derechos civiles junto a Martin Luther King. En sus memorias publicadas en los años ochenta relató sus romances con Marlon Brando o Burt Lancaster con una honestidad brutal que escandalizó a la vieja guardia de la industria.
Tras rodar La aventura del Poseidón en 1972 se convirtió en la reina del cine de catástrofes. Para esa película aprendió a aguantar la respiración bajo el agua durante casi cien segundos a pesar de su condición física. Cobró una cifra astronómica por aquel papel y se aseguró de que su nombre apareciera en los créditos por encima de muchos actores jóvenes.
Falleció el 14 de enero de 2006 en Beverly Hills debido a una insuficiencia cardíaca.
Cosas que posiblemente no sabías de Shelley Winters




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