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Silvana Mangano nunca quiso ser actriz. Antes de cumplir los dieciocho años ya caminaba por las calles de Roma con el título de miss bajo el brazo pero su mirada proyectaba una distancia gélida que poco tenía que ver con el espectáculo. En 1949 aceptó el papel de Arroz amargo porque necesitaba el dinero para ayudar en casa.
Aquella imagen en los arrozales del valle del Po con las medias rotas y el cuerpo empapado recaudó millones de liras en una Italia que todavía olía a pólvora. El público vio a una mujer fatal pero ella solo veía un trabajo agotador que la obligaba a estar de pie durante diez horas seguidas.
Y el cine se convirtió en su jaula de oro.
Poco después de aquel rodaje se casó con el productor Dino De Laurentiis. Fue una unión que transformó su carrera en una operación de marketing constante para borrar su imagen de campesina sensual. Su marido quería que fuera la respuesta italiana a las estrellas de Hollywood y ella aceptó el papel de esposa perfecta mientras criaba a sus cuatro hijos en villas de lujo.
Durante la década de los sesenta decidió que ya no quería ser un objeto de deseo para las masas. Empezó a rechazar guiones comerciales y buscó refugio en el cine de autor más hermético. En 1968 trabajó con Pier Paolo Pasolini en Teorema donde interpretó a una burguesa que se desmorona ante la llegada de un extraño.
Su rostro se volvió una superficie de mármol donde apenas se movía un músculo. Pero esa rigidez no era falta de talento sino una elección estética consciente para alejarse de la exuberancia de otras actrices de su generación. En 1971 rodó Muerte en Venecia a las órdenes de Luchino Visconti y su interpretación de la madre de Tadzio apenas necesitó diez líneas de diálogo para dominar la pantalla.
La tragedia personal terminó por devorar su interés por la vida pública.
En 1981 su hijo Federico murió en un accidente de avión en Alaska a los veinticinco años. Aquel suceso rompió su matrimonio y la hundió en una depresión profunda que la mantuvo alejada de los platós durante casi un lustro. Solo salía de su encierro para visitar museos o leer en soledad absoluta en sus residencias de París o Madrid.
Regresó al trabajo por pura insistencia de sus amigos más cercanos. En 1987 aceptó participar en Ojos negros bajo la dirección de Nikita Mikhalkov. Fue su última aparición en la gran pantalla y lo hizo compartiendo planos con Marcello Mastroianni en una historia que respiraba melancolía por un tiempo que ya no existía.
Vivió sus últimos meses en España alejada de los focos de Cinecittà.
Falleció el 16 de diciembre de 1989 en una clínica de Madrid tras entrar en coma por complicaciones de un cáncer de pulmón. Tenía cincuenta y nueve años y dejó una herencia cinematográfica de treinta y tres películas que ella misma solía despreciar en las entrevistas. Su cuerpo fue incinerado en el cementerio de la Almudena y sus cenizas descansan en una propiedad familiar en Estados Unidos.
Cosas que posiblemente no sabías de Silvana Mangano




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