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Simone Kaminker tuvo que enterrar su apellido real para poder comer. Durante la ocupación nazi en París su origen judío por parte de padre (un traductor que huyó a Londres para unirse a la resistencia) era una sentencia de muerte profesional. Así que adoptó el apellido de soltera de su madre y empezó a buscarse la vida como extra en rodajes mediocres.
No buscaba la gloria.
Pero su rostro tenía algo que la cámara detectaba antes que los propios directores. Era una mezcla de pesadez en los párpados y una mandíbula que no pedía perdón por existir. En 1942 consiguió pequeños papeles que apenas pagaban el alquiler pero le permitieron observar de cerca cómo se movían las estrellas de la época. Y aprendió rápido.
Su presencia en el Café de Flore de París la puso en el centro del huracán intelectual de la posguerra. Allí conoció a Yves Montand en 1949. Se casaron dos años después y formaron el matrimonio más vigilado y politizado de Francia. Porque Simone nunca entendió el cine sin el compromiso social.
En 1952 rodó Casque d’Or bajo las órdenes de Jacques Becker. El público descubrió que la sensualidad no siempre iba de la mano de la fragilidad femenina. Su interpretación de Marie fue un golpe seco en la mesa de una industria que prefería actrices más dóciles y previsibles.
Hollywood intentó domesticarla.
Llegó a Londres en 1958 para rodar Room at the Top porque el guion le permitía interpretar a una mujer que sufría de verdad. Ganó el Oscar a mejor actriz en 1960. Fue la primera francesa en lograrlo con una producción extranjera y aquello rompió los esquemas de los grandes estudios estadounidenses. Pero ella no se quedó a celebrar el contrato de su vida.
Prefirió volver a Europa para trabajar con directores que no le pidieran pasar por el quirófano. En 1969 rodó L’Armée des ombres a las órdenes de Jean-Pierre Melville. Allí demostró que la madurez era su mejor herramienta dramática y que el paso del tiempo no era un enemigo sino un aliado interpretativo.
A finales de los años setenta su salud empezó a resentirse por el consumo de tabaco y alcohol. Aun así tuvo fuerzas para rodar La Vie devant soi en 1977 y ganar el premio César. El papel de Madame Rosa funcionó como una declaración de intenciones sobre la vejez sin adornos ni mentiras visuales.
Y la apuesta funcionó.
Publicó sus memorias en 1976 con un título que se volvió célebre: La nostalgie n’est plus ce qu’elle était. El libro vendió más de un millón de ejemplares en pocos meses porque Simone escribía igual que actuaba. No usaba metáforas innecesarias y prefería la verdad cruda sobre su relación con Montand y sus fracasos políticos.
Murió en su propiedad de Autheuil-Anthouillet el 30 de septiembre de 1985 a los 64 años de edad.
Cosas que posiblemente no sabías de Simone Signoret




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