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Las casitas de la Puerta de Alcalá

4 junio 2026
Publicado hace 18 horas

Soy una muerta de hambre con aires de pija, lo reconozco. Pero a veces me sale el rencor de clase y monto un numerito ante lo que considero intolerable. La otra tarde broté de mala manera en la Puerta de Alcalá, esa que lleva ahí plantada viendo pasar el tiempo desde hace dos siglos y medio en pleno corazón de Madrid.

Un coto privado en suelo público

La codicia de ciertos hosteleros, bendecida por los jerarcas municipales y autonómicos, ha transformado las aceras de la glorieta más transitada de la capital en un coto de señoritos vedado al pueblo llano. Algo parecido a la polémica Casita de Bad Bunny antes de las críticas: un sitio donde se entra por guapo, rico o famoso, pero construido sobre suelo público en el cruce de vías y vidas más desigual de España.

Entre hordas de turistas haciéndose selfis medio desnudos, repartidores agotados pedaleando contra el tiempo, gente bien trotando hacia el Retiro y currantes corriendo para no llegar tarde al trabajo, estos taberneros con ínfulas explotan tres cuartas partes del espacio que pertenece a todos. Los paseantes deben sortear sus barreritas con portero y pinganillo, esquivar veladores altos como palos de gallinero donde se exhiben los pavos reales que pasan el filtro de admisión.

El monumento rehén de la especulación

La Puerta de Alcalá, restaurada hace poco más de un año tras once meses de trabajos, se ha convertido en rehén de esta especulación hostelera que privatiza lo público. El espacio común se fragmenta en parcelas exclusivas mientras la ciudadanía observa impotente cómo su patrimonio se mercantiliza sin pudor alguno en manos de unos pocos privilegiados con licencias dudosas y contactos bien situados.