Hace unos días, El hormiguero vivió un momento incómodo cuando una de sus habituales llamadas telefónicas para repartir premios se torció completamente. Es comprensible que alguien se moleste al recibir una llamada a deshoras —solo se llama tan tarde si hay una emergencia—, pero lo que resulta más extraño es que sea una invitada quien se rebele contra el programa que la acoge.
Cuando los invitados se vuelven contra el programa
Esto último fue precisamente lo que ocurrió en Vamos a ver. Con la excusa de abordar el tema del precio de la vivienda, el programa intentó ridiculizar a una joven vegana que se negaba a compartir piso con personas que consumieran carne. Sin embargo, la muchacha tenía muy clara su estrategia y aprovechó el momento como si fuera un manjar. Lejos de dejarse intimidar, contraatacó acusando al programa de ser altavoz de discursos de odio y tildando de especuladora a Ana Rosa Quintana, para horror de Patricia Pardo, quien intentaba mediar en la situación.
«Qué poco nos conoces», replicó Pardo mientras en producción ya se intuía el castigo que recibiría la redactora responsable de haber seleccionado a tan díscola invitada. Pero lo cierto es que la joven algo sí conocía del funcionamiento del programa.
La televisión de Marc Giró y Alba Carrillo
Estos episodios ponen sobre la mesa una reflexión interesante sobre el formato televisivo actual. Como bien expresan Marc Giró y Alba Carrillo: «si no puedo largar, no es mi televisión». Ambos comunicadores defienden un modelo de televisión donde la espontaneidad y la capacidad de expresarse libremente sean elementos fundamentales, frente a los formatos excesivamente controlados que a veces acaban por explotar de forma inesperada cuando los invitados deciden salirse del guion establecido.

