En los buenos tiempos, Julio Iglesias felicitaba las Navidades a los periodistas con un tarjetón firmado de su puño y letra. Dentro, a modo de Sagrada Familia Pija, una foto del ídolo junto a su última mujer, la holandesa Miranda Rijnsburguer, rodeados de sus rubísimos querubines con el palmeral de su enésima mansión caribeña de fondo. Más que en el pétreo rostro de Julio, solía fijarme en el lánguido de Miranda. Una señora de quien la prensa rosa alababa su discreción y saber estar al lado de semejante macho ibérico, y en la que yo veía la manga ancha de las santas esposas que toleran las urgencias de entrepierna de sus maridos con tal de que vuelvan a casa. Nada que objetar. Julio era un poderoso golfo mimado por todos. Tanto que, cuando, en 2010, su exnovia Vaitiare Hirshon, con quien Iglesias empezó siendo ella menor, publicó sus memorias, Muñeca de trapo, donde relata abusos del cantante, no se le hizo mucho caso porque nadie le había puesto una pistola en el pecho y bien que se había aprovechado para vivir como una reina. Desde entonces, más o menos cuando el ídolo que solo se dejaba retratar por su lado bueno decidió desaparecer del foco y de mandar tarjetones para que no viéramos su decadencia, han cambiado las cosas.
