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Edward Herrmann medía casi dos metros y tenía una voz que recordaba al terciopelo o a la madera de caoba vieja. No era el tipo de actor que buscaba el aplauso fácil del público joven en las alfombras rojas. Pero su sola presencia en el encuadre imponía un respeto que pocos compañeros de su generación podían igualar sin recurrir al histrionismo.
En 1976 ganó un premio Tony por su trabajo en la obra Mrs. Warren’s Profession. Aquel reconocimiento en los escenarios de Nueva York le abrió las puertas de los estudios de grabación de forma definitiva. Pero él siempre prefirió la pausa del teatro frente a las prisas de los rodajes de gran presupuesto.
Su voz era su mejor herramienta.
Interpretó al presidente Franklin D. Roosevelt en varias producciones (como la película para televisión Eleanor and Franklin de 1976). Logró capturar la vulnerabilidad física del político sin perder un gramo de autoridad. Y lo hizo con una naturalidad que evitaba caer en la parodia o en la imitación barata de los libros de texto.
En 1987 se alejó de los despachos presidenciales para meterse en la piel de Max en The Lost Boys. Fue un papel extraño en su trayectoria porque mezclaba el terror juvenil con su habitual elegancia de caballero de la costa este. Aquella película de vampiros demostró que podía dar miedo sin levantar la voz ni despeinarse el flequillo.
A partir de 2000 encarnó al personaje que le daría una segunda vida profesional ante una audiencia global. Richard Gilmore era un hombre de negocios rígido (pero profundamente tierno) en la serie Gilmore Girls. Durante siete temporadas representó los valores de una clase alta en peligro de extinción.
La televisión le dio la seguridad que el cine le negó.
Trabajaba con una precisión técnica que asombraba a los directores de fotografía. Porque Herrmann sabía exactamente dónde estaba la luz y cómo mover sus largas manos para no tapar a sus compañeros de escena. En 1994 interpretó al padre de Macaulay Culkin en Richie Rich y aportó una dignidad inusual a una comedia infantil de consumo rápido.
Pero su vida fuera de los focos era mucho más tranquila que la de sus personajes millonarios. Vivía en una granja en el estado de Nueva York y dedicaba su tiempo libre a restaurar coches clásicos de los años veinte y treinta. Gastaba gran parte de sus salarios en mantener viva la mecánica de motores que ya nadie sabía reparar.
Durante décadas narró cientos de documentales para el canal History Channel. Su dicción era tan limpia que los productores lo llamaban cuando necesitaban explicar sucesos complejos de la Segunda Guerra Mundial. Grababa las locuciones de pie y casi nunca necesitaba repetir una toma por un error de pronunciación.
Y la apuesta salió bien.
En 2014 trabajó en la película The Town That Dreaded Sundown poco antes de que su salud empeorara de forma irreversible. Padecía un cáncer de cerebro que mantuvo en secreto para casi todo el mundo del espectáculo. Murió el 31 de diciembre de 2014 en un hospital de Nueva York a los 71 años de edad.
Su colección de automóviles clásicos incluía un Packard de 1929 que ganó varios premios en concursos de elegancia. En 2016 la producción de Gilmore Girls: A Year in the Life utilizó una pintura de su rostro para rendirle homenaje en el set de rodaje. El cuadro medía más de dos metros de altura.
Cosas que posiblemente no sabías de Edward Herrmann




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