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Lamont Johnson no pedía permiso para mover la cámara. Entró en la industria por la puerta de los actores pero pronto entendió que el verdadero poder estaba detrás del visor. En los años cincuenta la televisión era un animal salvaje y él fue de los pocos que supo domarlo sin quitarle los dientes.
Dirigió episodios de The Twilight Zone con una precisión que rozaba lo quirúrgico. Pero no se conformaba con cumplir el expediente técnico de la cadena. Buscaba el ángulo incómodo y el silencio prolongado porque sabía que el espectador de la época era más inteligente de lo que los patrocinadores creían.
Rodaba con una urgencia casi física.
En 1970 estrenó The McKenzie Break y el cine bélico cambió de registro. No era una película de héroes impecables sino un duelo psicológico encerrado en un campo de prisioneros. La crítica de aquel entonces se vio sorprendida por su capacidad para generar tensión sin recurrir a la pirotecnia barata.
Johnson tenía una obsesión particular por los personajes acorralados por el sistema. Lo demostró en 1974 con The Execution of Private Slovik. Fue un golpe seco en la conciencia de Estados Unidos. Contar la historia del único soldado ejecutado por deserción desde la Guerra Civil no era una decisión cómoda para un director de estudio.
Y la apuesta funcionó.
Martin Sheen le debe a Johnson uno de los papeles más crudos de su trayectoria. El director eliminó cualquier rastro de sentimentalismo en el montaje final. Así que la película se convirtió en un documento gélido sobre la burocracia militar y el miedo humano.
Pero su carrera no fue un camino recto hacia la gloria. Tuvo tropiezos comerciales que habrían hundido a cualquiera menos tozudo. Lipstick en 1976 fue recibida con hostilidad por su crudeza al tratar el tema de la violación. La prensa la tachó de explotadora pero el tiempo ha puesto en valor su mirada incómoda sobre la justicia.
Nunca buscó el aplauso fácil del circuito de festivales europeos.
Ganó dos premios Emmy y se movió como un tiburón en el formato de las miniseries de prestigio. En 1985 con Wallenberg: A Hero’s Story demostró que se podía hacer televisión histórica sin caer en el cartón piedra. Richard Chamberlain protagonizó aquel relato sobre el diplomático sueco que salvó a miles de judíos en Budapest.
Johnson controlaba cada aspecto de la producción desde la iluminación hasta el ritmo de los diálogos. Exigía jornadas de trabajo agotadoras porque odiaba la mediocridad del plano contraplano estándar. Así que sus rodajes eran famosos por la intensidad y por una disciplina que recordaba a los viejos maestros del sistema de estudios.
En 1997 entregó The Broken Chain y se alejó paulatinamente de la primera línea de fuego. Su estilo directo y sin adornos empezó a chocar con una industria que prefería el montaje frenético del videoclip. Pero él ya había hecho su trabajo.
Falleció en su casa de Monterey en 2010 debido a una insuficiencia cardíaca a los 88 años. Dejó tras de sí un archivo de más de cuarenta producciones grabadas en celuloide y una reputación de hierro entre los técnicos de la vieja escuela. El sindicato de directores todavía guarda sus notas de producción como ejemplos de eficiencia narrativa.
Cosas que posiblemente no sabías de Lamont Johnson
¿Te has preguntado qué tal te verías si te encuentras a Lamont Johnson por la calle o en una fiesta? Puedes ajustar en cualquier momento tu altura en tu perfil de usuario.


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