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Paul Gleason no pedía permiso para entrar en escena. Su presencia se basaba en una rigidez casi militar que incomodaba al protagonista y al público por igual. No necesitaba efectos especiales ni grandes discursos para dominar el encuadre.
Antes de pisar un set de rodaje Gleason fue jugador profesional de béisbol. En 1959 firmó un contrato con los Cleveland Indians pero su paso por las ligas menores fue breve y poco lucido. Aquella derrota deportiva fue su billete de ida a Nueva York.
Allí conoció a Lee Strasberg en el Actors Studio. Fue bajo su tutela donde aprendió a canalizar su frustración en personajes que desprendían una autoridad tóxica y real. Porque Gleason entendía que el villano más efectivo no es el que tiene un arma, sino el que tiene las llaves de tu celda.
Y esa formación académica le dio un peso que otros secundarios de su generación nunca alcanzaron.
En 1983 interpretó a Clarence Beeks en Trading Places. Era un ejecutor frío que apenas parpadeaba. Pero el mundo lo recordará siempre por encerrar a cinco adolescentes un sábado por la mañana en una biblioteca de Illinois.
John Hughes le entregó el papel de Richard Vernon en The Breakfast Club durante 1985. Gleason no interpretó a un dibujo animado. Creó a un hombre amargado que odiaba su propio fracaso tanto como a los chicos que vigilaba en el instituto Shermer.
Y esa fue su mayor victoria profesional.
En 1988 repitió la fórmula del burócrata inepto en Die Hard. Su Dwayne T. Robinson es el complemento perfecto para el caos de Nakatomi Plaza porque representa la ceguera del mando intermedio frente al héroe de acción.
Pero la industria no siempre supo qué hacer con un actor tan específico. A menudo quedaba relegado a papeles de policía corrupto o padre severo en producciones de serie B que apenas aprovechaban su talento para el sarcasmo seco.
Su ritmo de trabajo nunca bajó de intensidad durante la década de los noventa. Participó en series como Seinfeld o Friends donde se reía de su propia sombra. En 2002 rodó Van Wilder para conectar con una nueva generación que apenas recordaba sus éxitos de los ochenta.
Pero el cuerpo dijo basta.
Paul Gleason murió el 27 de mayo de 2006 en un hospital de California. Tenía 67 años. Un cáncer provocado por la exposición al amianto durante sus años de trabajador manual en la juventud acabó con el actor que mejor supo gestionar el desprecio en pantalla.
Su última aparición cinematográfica ocurrió en la cinta The Passing, estrenada de forma póstuma en 2011.
Cosas que posiblemente no sabías de Paul Gleason




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