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Ray Collins llegó a Hollywood con la voz ya gastada por miles de horas de radio y teatro a sus espaldas. No era un joven aspirante buscando fortuna sino un veterano de la escena neoyorquina que entendía perfectamente el peso del silencio en un set de rodaje.
En 1934 se unió al Mercury Theatre de Orson Welles y allí empezó a forjar su identidad como el secundario indispensable. Porque Collins no necesitaba el centro del plano para dominar la narrativa. Su capacidad para interpretar a hombres de autoridad, a menudo cínicos o moralmente ambiguos, lo alejó de los papeles planos que Hollywood solía reservar para los actores de reparto de la época.
Su debut en el cine fue nada menos que en Citizen Kane (1941) donde interpretó a Jim Gettys. En aquella cinta encarnó al rival político de Kane con una frialdad técnica que contrastaba con la expansión volcánica de Welles. Fue una elección de casting precisa. Collins aportaba la sobriedad necesaria para que el exceso visual de la película tuviera un contrapunto humano y creíble.
Collins era el ancla de cada escena.
Y esa relación con Welles continuó en The Magnificent Ambersons (1942). En esta producción demostró que podía sostener diálogos complejos mientras la cámara se movía en planos secuencia agotadores. Pero el sistema de estudios de los años cuarenta no siempre sabía qué hacer con un actor de su profundidad. Así que terminó encadenando proyectos en los que su sola presencia elevaba guiones mediocres.
Durante esa década participó en títulos como Leave Her to Heaven (1945) o The Best Years of Our Lives (1946). En esta última película su papel como banquero es un ejemplo de cómo transmitir la burocracia de la posguerra sin caer en la caricatura. Trabajaba con una economía de gestos que hoy sigue resultando moderna y directa.
A mediados de los años cincuenta el cine empezó a perder interés en los perfiles de su madurez. Pero la televisión le ofreció el papel que lo fijaría en la memoria colectiva de varias generaciones. En 1957 aceptó el rol del teniente Arthur Tragg en la serie Perry Mason.
Y la apuesta funcionó.
Interpretó a Tragg durante casi una década con una mezcla de cansancio profesional y respeto por el adversario. Su salud empezó a flaquear a principios de los años sesenta pero se mantuvo en el reparto de la serie hasta que le fue físicamente imposible caminar por el set. Apareció en 241 episodios de la producción original antes de que su enfermedad lo obligara a retirarse definitivamente de los focos.
Nunca buscó el aplauso fácil ni las portadas de las revistas de chismes de la época. Prefería la precisión técnica del actor que sabe que su trabajo consiste en hacer que el protagonista brille más. Su carrera se define por esa falta de ego que es tan difícil de encontrar en la industria del entretenimiento.
Murió de enfisema en el Hospital de Santa Mónica el 11 de julio de 1967.
Cosas que posiblemente no sabías de Ray Collins




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