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Lee Unkrich aterrizó en las oficinas de Pixar en 1994 para echar una mano con el montaje de una película que nadie sabía si funcionaría. Venía de estudiar cine en la Universidad del Sur de California y de trabajar en televisión. No sabía dibujar y tampoco le interesaba aprender a mover personajes en un ordenador. Lo suyo era el ritmo y la estructura narrativa.
En el proceso de creación de Toy Story su labor fue purgar lo innecesario. Los animadores suelen enamorarse de sus planos porque tardan semanas en terminarlos pero Unkrich no tenía esos apegos. Si una escena no aportaba nada a la historia la eliminaba sin pestañear. Así se ganó el respeto de un equipo que necesitaba desesperadamente una mirada cinematográfica externa.
Aquella frialdad salvó el proyecto.
En 1999 asumió tareas de codirección en Toy Story 2 tras un desarrollo caótico que obligó a rehacer casi toda la cinta en pocos meses. Trabajó codo con codo con John Lasseter para dar profundidad emocional a unos juguetes de plástico. El resultado fue una recaudación global de 497 millones de dólares y la confirmación de que Pixar no era un milagro de una sola película.
Durante la primera década del siglo veintiuno su nombre apareció en los créditos de las obras más rentables del estudio. Ejerció de codirector en Monstruos, S.A. y en Buscando a Nemo. En esta última se centró en la relación entre el padre y el hijo porque entendía que la tecnología solo era un vehículo para hablar de miedos humanos.
Y es que Unkrich siempre prefirió el drama contenido a la explosión visual gratuita. Pero su gran prueba de fuego llegó en 2010 con Toy Story 3. Fue su primer trabajo como director en solitario y cargaba con la responsabilidad de cerrar una trilogía que pertenecía a la memoria colectiva de una generación.
La película superó la barrera de los 1.000 millones de dólares en taquilla.
Ganó el Oscar a la mejor película de animación y logró una nominación en la categoría de mejor película absoluta. Fue un hito que muy pocas producciones de este género han conseguido. Logró que el público adulto llorase en las salas de cine con una secuencia sobre la aceptación de la muerte y el paso del tiempo en un vertedero de basura.
En 2017 estrenó Coco tras pasar seis años investigando la cultura mexicana y sus tradiciones. El proyecto nació de una curiosidad personal por el Día de Muertos y terminó siendo un fenómeno cultural sin precedentes en el mercado hispano. La producción implicó una gestión de datos masiva para renderizar los millones de luces de la ciudad de los muertos.
Fue su última gran aportación al estudio.
En 2019 anunció que dejaba Pixar tras veinticinco años de servicio ininterrumpido. No se fue a la competencia ni buscó montar su propia productora de animación. Su intención era dedicar tiempo a su familia y a una obsesión personal que llevaba años cultivando en privado. Se trataba de su pasión por la película El resplandor de Stanley Kubrick.
En 2023 publicó un libro titulado Stanley Kubrick’s The Shining bajo el sello de la editorial Taschen. Es una obra de coleccionista que pesa varios kilos y recopila cientos de fotografías inéditas y documentos del rodaje de 1980. La investigación le llevó casi una década de trabajo documental y entrevistas con el reparto original. El volumen salió al mercado con un precio de lanzamiento de 1.500 euros en su edición limitada.
Cosas que posiblemente no sabías de Lee Unkrich
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